martes, 23 de abril de 2013

EL INGENIOSO HIDALGO DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA

CAPÍTULO 1º


En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mismo, los días de entre semana se honraba con su vellori de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años, era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llama Quijana; pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura, para comprar libros de caballerías en que leer; y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva: porque la claridad de su prosa, y aquellas intrincadas razones suyas, le parecían de perlas; y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafío, donde en muchas partes hallaba escrito: la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura, y también cuando leía: los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza. Con estas y semejantes razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas, y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara, ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianis daba y recibía, porque se imaginaba que por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales; pero con todo alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma, y darle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran.
Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar (que era hombre docto graduado en Sigüenza), sobre cuál había sido mejor caballero, Palmerín de Inglaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mismo pueblo, decía que ninguno llegaba al caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.
En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles, y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.
Decía él, que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero; pero que no tenía que ver con el caballero de la ardiente espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalle había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque con ser de aquella generación gigantesca, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado; pero sobre todos estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en Allende robó aquel ídolo de Mahoma, que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía y aun a su sobrina de añadidura.
En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra, como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras, y a ejercitarse en todo aquello que él había leído, que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros, donde acabándolos, cobrase eterno nombre y fama.
Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo por lo menos del imperio de Trapisonda: y así con estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sentía, se dió priesa a poner en efecto lo que deseaba. Y lo primero que hizo, fue limpiar unas armas, que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo; pero vió que tenían una gran falta, y era que no tenía celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que encajada con el morrión, hacía una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte, y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada, y le dió dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana: y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y por asegurarse de este peligro, lo tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experiencia de ella, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje. Fue luego a ver a su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real, y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis, et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro, ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le podría: porque, según se decía él a sí mismo, no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y así procuraba acomodársele, de manera que declarase quien había sido, antes que fuese de caballero andante, y lo que era entones: pues estaba muy puesto en razón, que mudando su señor estado, mudase él también el nombre; y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba: y así después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar ROCINANTE, nombre a su parecer alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo. Puesto nombre y tan a su gusto a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento, duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar DON QUIJOTE, de donde como queda dicho, tomaron ocasión los autores de esta tan verdadera historia, que sin duda se debía llamar Quijada, y no Quesada como otros quisieron decir. Pero acordándose que el valeroso Amadís, no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por hacerla famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya, y llamarse DON QUIJOTE DE LA MANCHA, con que a su parecer declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.


Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín, y confirmándose a sí mismo, se dió a entender que no le faltaba otra cosa, sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores, era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma. Decíase él: si yo por malos de mis pecados, por por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quién enviarle presentado, y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendida: yo señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero D. Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante la vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante? ¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero, cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quién dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque según se entiende, ella jamás lo supo ni se dió cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla DULCINEA DEL TOBOSO, porque era natural del Toboso, nombre a su parecer músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.

 

lunes, 8 de abril de 2013

SARA MONTIEL, ¡ADIOS A UN MITO!


La internacional figura del cine y del espectáculo español, ha fallecido de forma súbita este lunes, a los 85 años de edad.  


Al dirigirse al domicilio para reanimarla, su médico personal ya se la encontró muerta. Se encontraba acompañada de su hija Thais. El cuerpo de la actriz será trasladado esta tarde al tanatorio de San Isidro, según ha confirmado el alcalde de Campo de Criptana, su localidad natal.

Protagonista de una treintena de discos, con exitosas canciones como 'Fumando espero' y 'Bésame mucho', así como de más de 60 películas, entre las que destacan títulos como 'La violetera y El último cuplé',   filme con el que se saltó a la fama al ser el más taquillero de la historia del cine español.   Montiel fue icono sexual y artístico de la cultura española de la segunda mitad del siglo XX.  Su origen humilde no impidió que fuese la primera estrella española que conquistó América. La Academia de cine la recuerda en su web como "una niña vivaz que terminó plagando los sueños adolescentes de muchas generaciones". 




Nacida María Antonia Abad Fernández en Campo de Criptana (provincia española Ciudad Real), Sara Montiel fue una de las primeras españolas en desembarcar en Hollywood, en películas como' Veracruz' (1954), de Robert Aldrich; 'Yuma' (1957), de Samuel Fuller; y 'Serena de/Dos pasiones y un amor' (1956), de Anthony Mann


Sara Montiel recibió numerosos premios a lo largo de su trayectoria y ha continuado siendo un mito viviente en EE.UU. Entre otros, ha sido galardonada con la Medalla de Oro de Castilla-La Mancha (2008) y la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo (2010). También ha recibido la Medalla de Oro de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España. En 1994, el actor Burt Lancaster entregó el Golden Eagle, el premio más importante del Showbussines hollywoodiense. En 2011 recibe una Estrella en el Paseo de la Fama de Madrid.





Nuestras más sinceras condolencias por esta triste pérdida a familiares, amigos, compañeros y a todo el pueblo español. Recordaremos con gran aprecio a la inolvidable VIOLETERA de la gran pantalla y de aquellas tardes de cine de nuestra TV cubana; a quien llamábamos en Cuba, Sarita Montiel, la Saritísima de España.


¡HASTA SIEMPRE ESTRELLA DE LA GRAN ESCENA!

Por Diana Hernández.

lunes, 4 de febrero de 2013

TATA GÜINES, UN RUMBERO INTERNACIONAL



El 4 de febrero de 2008 deja de sonar uno de los cueros más escuchados y bailados de Cuba, cuando nos deja el gran “Tata Güines”. Nacido como Arístides soto,  el 30 de junio en Güines, La Habana (hoy localidad de la provincia de Mayabeque), en el seno de una familia de músicos, hijo de de Joseíto "El tresero" y de la Niñita, que desde muy pequeño solía tocar una caja de limpia botas en la esquina de la Capilla de Santa Bárbara, en el legendario barrio de Leguina, donde tanta congas y bembés se han hecho y se seguirán disfrutando. 
Fue un admirado compositor y percusionista, especializado en tumbadora y congas, uno de los más importantes de su generación fundador del jazz afrocubano.
Decir Federico Arístides Soto Alejo quizás no le diga nada a algunos neófitos de la música, pero cuando se dice Tata Güines las cosas cambian radicalmente y todos piensan: Ese es la tumbadora hecha alma y sabor.
Se ligó a los instrumentos de percusión, especialmente a la tumbadora, que como cubana gimió bajo el efecto de sus prodigiosas manos. Bajo la influencia de Chano Pozo, cuyos toques lo embrujaron y le dieron la clave para crear su propio estilo.
Se formó como músico entre los tambores y las fiestas religiosas de su barrio. Adoptó su apodo de pequeño -el Tata-, y como apellido el del pueblo que le vio crecer. La música la trajo en la sangre: su padre y sus tíos hacían música con los cueros.
Fue ejecutante del contrabajo en el conjunto Ases del Ritmo. Formó parte del grupo Partagás, dirigido por su tío Dionisio Martínez, y posteriormente fundó la orquesta Estrellas Nacientes y actuó con la orquesta Swing Casino, de Güines.
En 1946 actúa en su pueblo natal con el Conjunto de Arsenio Rodríguez. En 1948 se traslada para La Habana, donde fue miembro de las orquestas La Nueva América, de Pao Domini; la del Havana Sport de José Antonio Díaz, Unión, de Orestes LópezLa Sensación de Belisario López, y en 1952 ingresa en Fajardo y sus Estrellas, con la que en 1956 viaja a Nueva York.

Integró Los Jóvenes del Cayo, con el que se presentó en la radioemisora La Voz del Aire; después actúa con los conjuntos Camacho y Gloria Matancera. Acompañó como bongosero al trío Taicuba, y trabajó con Guillermo Portabales, Celina y Reutilio, y Ramón Veloz. Participó, junto aChano Pozo, en la comparsa Los Dandys de Belén; además, Los Mosqueteros del ReyLos Mambises y Las Boyeras.
Grabó con Arturo O’Farrill (Chico) y con Cachao y su Ritmo Caliente, Frank EmilioGuillermo Barreto, Gustavo Tamayo y otros. Formó parte delQuinteto Instrumental de Música Moderna (después Los Amigos), dirigido por el pianista Frank EmilioGuillermo Barreto, timbal, Gustavo Tamayo, güiro, Israel López (Cachao) y Orlando Hernández (Papito), contrabajo.
En 1955 viaja a CaracasVenezuela, para participar en los carnavales de esa ciudad. Viaja a Nueva York con la orquesta de Fajardo y sus Estrellas, con la que actúa en el Palladium, en donde coincide con Machito y sus Afro-Cubans y con Benny Moré, a quien acompaña con la tumbadora; también se presentó en el hotel Waldorf Astoria, donde trabaja por vez primera como solista.
Preparó un espectáculo y compartió el escenario con Josephine BakerFrank SinatraMaynard Ferguson y Los Chavales de España, con los que grabó la pieza "No te puedo querer".
En 1960 regresa a Cuba. Cuatro años después funda Los Tatagüinitos. Ofrece un concierto con la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida porManuel Duchesne Cuzán, con la que interpreta su obra Perico no llores más. Acompañó al guitarrista y compositor Sergio Vitier en su obra Ad Libitum, que bailaron Alicia Alonso y Antonio Gades.


domingo, 3 de febrero de 2013

Al inolvidable HELIO OROVIO


El 4 de febrero de 1938 nació el músico y escritor Helio Orovio en el poblado de Santiago de las Vegas (municipio de Boyeros, La Habana-Cuba). Destacó como musicólogo, conferencista, investigador y asesor de programas de la TV y el cine de Cuba.
En sus quehaceres ha sobresalido como un gran estudioso de la música cubana. Graduado en 1966 en la Universidad de La Habana, laboró como investigador en el Instituto de etnología y Folklore de la Academia de Ciencias. Integró el conjunto Jóvenes del Cayo, las orquestas Jazz, Zombie y Casablanca, como percusionista. Ha colaborado en diversas publicaciones y es autor de la selección y el prólogo de la obra de José Z. Tallet. Fue autor de varios poemarios y escribió diversos artículos editados en Cuba y en otros países; muchas de ellas, traducidas en varios idiomas,  pero su gran obra es, sin duda, el valioso Diccionario de la Música Cubana”...

...aunque fueron también muy meritorias sus monografías: “Trescientos Boleros de Oro”, “La Rumba”, “El Carnaval Habanero” y “Breve Historia de la Música Cubana”, por mencionar sólo algunos legados literarios que nos dejó el maestro Orovio al morir en 2008.

Homenaje a JORGE ANCKERMANN



El 3 de febrero de 1941 fallece el insigne pianista, compositor y director de orquesta cubano Jorge Anckermann. A los ocho años de edad inició sus estudios musicales con su padre, el destacado profesor, compositor y violinista Carlos Anckermann. Siete años después marchó a México como director musical de la compañía de teatro bufo de Narciso López. En Cuba fungió como director musical de los principales teatros. Compuso partituras de zarzuelas, revistas y juguetes cómicos que alcanzaron gran notoriedad.

Tributo a ARSENIO RODRÍGUEZ


2 DE FEBRERO DE 1972...
 
Fallece el músico y director de orquesta Arsenio Rodríguez. En su quehacer artístico cambió la estructura rítmica del son, al transformar el formato clásico de los septetos con la incorporación de un piano, tres trompetas y una tumbadora. Atendiendo a la limitación física que padeció desde la infancia y a sus extraordinarias condiciones, fue identificado con el calificativo de “El cieguito maravilloso”.

¡FELICIDADES CAMAGÜEYANOS!

Tinajón obsequiado por el Santo Padre, JUAN PABLO II,
durante la Misa Papal en 1997
***************************************

     ANIVERSARIO 499 DE LA FUNDACIÓN DE NUESTRO CAMAGÜEY, la Ciudad de los Tinajones, 
     Coincidiendo con el día de la patrona Nuestra Señora de la Candelaria. 

      El 2 de febrero de 1514 se fundó Santa María del Puerto del Príncipe, hoy Camagüey, y fue la tercera Villa de Cuba. El nombre actual lo debe al cacique Camagüebax, quien ejercía su mando entre los ríos Tínima y Hatibonico, donde empezaron a construirse las primeras casas. La villa se llamó Santa María del Puerto del Príncipe, más tarde Puerto Príncipe, hasta que recibió el actual nombre de Camagüey en 1898, a raíz de la independencia de España. 


      El nombre indígena era usado ya para referirse a la comarca "El Camagüey" y fue aprobado en esa fecha tanto para la ciudad como para la provincia que había sido creada en 1878 como región militar por la república en armas. En la foto el escudo de Armas de Camagüey que fue concedido a la ciudad de Puerto Príncipe por el Rey Fernando VII, según su Real Cédula del 10 de Marzo de 1817. El mismo fue diseñado por el cronista de la casa Real Francisco D. De la Carrera. Este escudo de la otrora ciudad de Puerto Príncipe, hoy Camagüey, está compuesto por: Dos Palomas de Plata: cada una de ellas, tiene una antorcha encendida en el pico, que representan la Paz y el Amor. Un Perro Lebrel: significa la lealtad y fidelidad de los Camagüeyanos. Castillos y Leones: Denota la valentía, la bizarría y el arrojo de los ciudadanos. Corona Ducal: Concedida solamente a ciudades importantes, por radicar en ellas instituciones importantes. Labrenquines: Adornos en forma de hojas de Acanto, que rodea el escudo y significaban la protección con la que se cubrían las armas en la antigüedad.


******************************************